En tres meses el dojo crece sin que yo me vuelva loco. Cada semana entra gente nueva por la clase gratis y, como casi todos se quedan, la sala se llena de a poco y a lo grande. Dejo de guiarme por la intuición y empiezo a leer mi avance con tres o cuatro números simples que me dicen, semana a semana, si voy bien.
Mi marketing no es vender por redes: es lograr que la gente llegue a la clase gratis. Ahí se decide todo, porque cuando prueban, se quedan. Es el único movimiento que mueve todo lo demás.
Cuatro números, tres trabajos distintos: uno me dice qué hacer hoy, dos me confirman el avance (en alumnos y en plata), y uno me avisa si crecer está rompiendo la calidad.
Esto no es solo un negocio: es una comunidad donde la gente se quiere, comparte y disfruta, sin los egos de antes. Esa cercanía es lo que hace que se queden — y crecer en orden es el primer paso real hacia mi espacio propio.
El sueño grande (la casa, el centro de entrenamiento propio) es a 3–4 años: queda anotado, pero no se toca ni se financia ahora. Estos 90 días tienen un solo foco.